“Todos llevamos un tesoro en nuestro interior; es la Fe y la confianza en Dios lo que lo hace brillar de tal manera que nos hace ser distintos frente a los demás” (Rafael, abuelo, a quién dedicamos esta página).
El amor a Dios nos transforma en lo mejor de nosotros mismos. Es imposible a amar Dios sin amar a los demás, porque su rostro se refleja en el del prójimo.
No debemos tener miedo a dar amor; todo nos será más fácil si pensamos que Dios quiere a las personas que tenemos a nuestro alrededor a través de nuestra persona: A través de nuestras manos, de nuestros abrazos, de nuestros besos, de nuestras miradas, de nuestras palabras de cariño y perdón y de nuestros buenos pensamientos. Pero también amamos mucho, más de los que pensamos, a través de la oración.
Con la oración nuestro corazón se va deshaciendo poco a poco del amor propio, dando paso a un amor inmensurable por los demás. “La oración transforma nuestros corazones como los de Dios y la Virgen María, para ver el mundo, como lo ven ellos: con amor”. (Padre Paul, Ginebra)
Podemos pedir por nosotros mismos, por nuestras necesidades y problemas, pero sin duda la oración que más feliz nos hará, será la que dediquemos por los demás, incluso aquellas personas, que aún no conocemos, pero que sabemos, ya sea a través de otras personas o incluso por medios informativos, de su desgracia y problemas en ese momento.
La oración, a parte de ver el mundo cómo lo ve Dios y de acercarnos más a Él, nos da un regalo maravilloso: El rezar con el corazón. Todos podemos hacerlo, quizás no al principio, pero tarde o temprano llega. Es la manera más fácil e intensa de hablar con Dios.
La virgen María prometió en Fátima que todo aquel que rezase el rosario todos los días tendría paz en su corazón y aquellas familias que rezasen el rosario juntos permanecerían siempre unidas.
Cada vez que os aceche un problema o una preocupación, coged vuestro rosario y rezar, y veréis que en el momento tendréis una calma y una serenidad muy grandes. A Dios no lo tenéis que buscar muy lejos, Él está en vuestros corazones; sólo tenéis que hablar en su idioma que es el silencio, y ya veréis cómo os responde.
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“Mis queridos niños! Hoy también os llamo, en este tiempo de gracia, para pedir que el niño Jesús nazca en vuestros corazones. Que a través de él, que es la Paz misma, pueda dar paz al mundo a través vosotros. Por eso, mis niños pequeñitos, rezar sin cesar por este mundo turbulento sin paz, para que algún día podáis llegar a ser testigos de la paz. Que la esperanza fluya en vuestros corazones como un río de gracia. Gracias por responder a mi llamada”(Mensaje de la Virgen María en Medjugorje el pasado 25 de noviembre de 2008)